El silbido del aire al cerrarse la esclusa exterior fue el sonido más solitario que Clara había escuchado en su vida. Por un instante, estuvo en un espacio estrecho y blanco, desnuda ante los ojos invisibles de Samuel Corvalán. Luego, la puerta interior se abrió, y el aire frío y estéril del laboratorio la envolvió.
Samuel estaba de pie a unos metros, con la misma sonrisa beatífica. Había dejado la caja de Petri sobre una mesa cercana, pero sus manos estaban libres, abiertas, en un gesto de apa