El silencio en la sala de control era tan denso que se podía palpar. La imagen congelada de Samuel Corvalán, con su sonrisa beatífica y la caja de Petri en la mano, parecía burlarse de ellos desde la pantalla principal. Treinta minutos. El tictac de un reloj invisible resonaba en los oídos de todos.
—No —la palabra salió de los labios de Clara con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. Es una trampa obvia. Entro ahí y no salgo viva. O me convierte en su próximo experimento.
Félix gir