El sonido del mar fue lo primero que escuché. Su rumor se colaba entre mis sueños como un susurro lejano, mezclado con una fragancia a sal y a jazmines que impregnaba el aire. Cuando abrí los ojos, un techo blanco, atravesado por la luz dorada del amanecer, se extendía sobre mí. Por un instante, no supe quién era. Ni dónde estaba.
Traté de incorporarme, pero un dolor punzante en el costado me arrancó un gemido. Fue entonces cuando la puerta se abrió y un hombre entró con una bandeja en las mano