Kael
El silencio se había vuelto una presencia constante.
Ya no era solo la ausencia de su voz o el eco lejano de su risa por los pasillos… era un vacío que respiraba conmigo, que me pesaba en el pecho cada vez que abría los ojos y recordaba que Danae ya no estaba.
Habían pasado dos semanas desde que esparcimos sus cenizas sobre el lago. Dos semanas desde que la vi por última vez —o lo que creí que quedaba de ella—. Desde entonces, cada día había sido una lucha para mantenerme en pie.
La casa,