La noche había caído pesada sobre la ciudad.
El viento golpeaba las ventanas del despacho, haciendo crujir los marcos de madera, y la luz del cigarrillo que tenía entre los dedos parpadeaba como un corazón cansado. No había dormido desde que salí del hospital. No podía. Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Danae desmoronándose entre mis brazos, su voz pidiéndome que no me fuera.
Y sin embargo, el caos seguía. No me daban tregua.
Matteo estaba frente a mí, con el rostro tenso, los ojo