Kael
La mañana amaneció gris, como si el cielo hubiera decidido guardar luto conmigo. Abrí los ojos en una cama vacía, demasiado grande, demasiado fría. La costumbre de estirar la mano y buscarla todavía estaba ahí, como una condena que no entendía de realidades. Toqué la sábana y sentí el vacío como una daga en el pecho.
Danae ya no estaba.
El golpe de esa certeza me cayó encima otra vez, igual que cuando el doctor pronunció esas palabras en el hospital, igual que en el lago mientras sus ceniz