Kael
El silencio pesaba en la sala como un ataúd invisible. Había visto morir hombres, había enterrado hermanos de armas, había perdido negocios, territorios y hasta pedazos de mí mismo. Pero nada, absolutamente nada, me había preparado para enfrentarme a la mirada rota de mis hijos cuando Lana y yo nos sentamos frente a ellos.
—Sofía, Lucas… —mi voz se quebró al pronunciar sus nombres. La garganta se me cerraba como si alguien me la apretara con manos invisibles—. Su mamá… ya no va a volver