Kael
El sonido de mi propio corazón era lo único que lograba escuchar por encima del rugido del motor. Había conducido toda la maldita ciudad a una velocidad que rozaba lo suicida, sin importarme luces rojas, bocinas ni sirenas. El único pensamiento que me impulsaba era uno: Danae.
La llamada había sido breve, demasiado confusa. Un accidente. La ambulancia. Ella estaba herida. Eso bastó para arrancarme el alma del cuerpo.
Cuando el hospital apareció frente a mí, salté del coche incluso antes de