Kael
El mundo se detuvo en ese instante.
El doctor salió de la sala con el rostro encogido, los labios tensos y los ojos cargados de esa pena distante que sólo quienes dan malas noticias aprenden a sostener. Yo lo supe incluso antes de que abriera la boca. Supe que la sentencia estaba a punto de caer sobre mí como una losa imposible de levantar.
—Señor Montenegro… —empezó, bajando la mirada— lo siento… hicimos todo lo posible. Danae no resistió.
Un zumbido me perforó los oídos. El aire se