El camino hacia la casa de mi nana siempre había sido un refugio. Las calles tranquilas, los jardines descuidados pero llenos de flores silvestres, la verja azul que parecía resistir tercamente al paso del tiempo. Cada vez que iba con Sofía y Lucas, ellos corrían entre los arbustos como si fueran pequeños exploradores. Pero esta vez estaba sola.
Había dejado a los niños con Lana, con la excusa de que debía resolver unos pendientes. En realidad, necesitaba un respiro, un espacio donde aclarar mi