Me miré en el espejo de la vieja habitación que la abuela me había preparado. El cristal estaba manchado por los años, y aun así me devolvía mi propio reflejo con una nitidez cruel.
La gente siempre habla de cómo el tiempo suaviza los rasgos, de cómo las heridas se desdibujan. No era cierto. Yo veía cada grieta en mi rostro, cada línea grabada por la rabia, cada sombra en mis ojos. No era la Anya que se había ido. Esa mujer estaba muerta, y la que había vuelto no buscaba ternura ni consuelo.
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