Kael
El avión apenas había tocado tierra cuando ya estaba pensando en ellos. No en los negocios, no en la mercancía perdida ni en la amenaza de los albaneses. No. Mi mente estaba en Sofía, en Lucas, en Danae.
El chofer abrió la puerta y subí al coche sin perder tiempo.
—A casa de Danae —ordené.
El trayecto fue un borrón de luces y calles, un pulso constante en mis sienes que repetía la misma idea: debía verlos, debía asegurarme de que estaban bien. Había pasado demasiado tiempo lejos de ellos.