Danae
Su boca ardía contra la mía, como si hubiera esperado cuatro años para reclamar lo que siempre le perteneció. Y quizás era verdad. Quizás siempre había sido suya, desde aquella primera vez que lo dejé entrar en mi vida.
El beso se volvió más profundo, más desesperado, y cuando finalmente separó sus labios de los míos, respiraba agitado, con sus ojos clavados en mí como brasas encendidas.
—Danae… —jadeó, su frente pegada a la mía—. Llámala.
—¿Qué? —mi voz salió entrecortada.
—A Lana. —Su m