Kael
El eco de su voz seguía vibrando en mis oídos.
“Estoy casada… ellos son míos”.
Danae había pronunciado esas palabras con una convicción que quería sonar fría, definitiva, pero que yo reconocía demasiado bien. Esa voz temblorosa, quebrada en el fondo, no era la voz de una mujer que había pasado página. Era la voz de alguien que aún llevaba cicatrices que yo mismo había dejado.
Y lo peor, lo más devastador, fue la sensación que me atravesó cuando tuve frente a mí a los niños.
Dos pequeños de