Danae
El amanecer apenas rozaba las cortinas de mi habitación cuando escuché el crujido metálico de la manija. Me giré, todavía en bata, con el cabello suelto sobre los hombros, y lo vi. Kael. De pie en el umbral, con el traje impecable como si llevara horas despierto, y ese rostro hermético que me helaba la piel.
—Hoy no vas a la oficina —dijo sin preámbulo, su voz fría como el acero.
Me quedé inmóvil, la peineta en la mano a medio camino de recoger mi cabello.
—¿Cómo dices? —pregunté, incréd