El día entero se deslizó como un sueño del que no quería despertar.
Desde que abrí los ojos junto a Kael esa mañana, no hubo espacio para el mundo afuera. Él no permitió que me levantara de la cama, y yo tampoco quise hacerlo. Entre besos perezosos, caricias robadas y confesiones susurradas, construimos nuestra propia burbuja. Una donde no existía la mafia, ni enemigos, ni miedos. Solo él y yo.
Nunca había visto a Kael sonreír de ese modo. Su dureza habitual se derretía en mis brazos. Me besaba