El ambiente en la oficina de Kael había cambiado. Podía sentirlo como si el aire se hubiera vuelto más denso, cargado de una electricidad incómoda. Desde aquella reunión con Giovanni Bellandi, el padre de Isabella, Kael no era el mismo. No me miraba como antes; sus ojos, siempre tan penetrantes, se habían vuelto fríos, casi de mármol. Su presencia seguía siendo abrumadora, pero ahora la distancia era más grande que nunca.
Me limité a cumplir con mis tareas: revisar documentos, organizar reunion