Kael
El silencio de la noche estaba roto solo por el rugido contenido de los motores. Éramos sombras atravesando la ciudad, mi convoy avanzando sin titubeos hacia el infierno que yo mismo había prometido desatar. Mis manos, enguantadas en cuero, apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían.
Danae.
La imagen de ella, temblando, con miedo en los ojos… me martillaba el cráneo. No podía fallarle. No podía permitir que Adrian Loumet respirara un segundo más después de haberla toc