La cerradura chirría.
Ese sonido, tan simple, tan cotidiano, me arranca un grito ahogado. No es la primera vez que lo escucho aquí dentro, pero sí la más lenta, la más premeditada. Es como si cada giro del metal me anunciara que algo está a punto de cambiar. Algo malo.
El corazón me martillea el pecho.
Me incorporo en la cama, abrazando mis piernas contra el pecho, tratando de hacerme pequeña. La puerta se abre con un rechinar largo, como si disfrutara torturándome con su eco.
Y entonces lo veo