Kael
El sonido de la puerta reforzada cerrándose retumbó en la sala principal. Apenas crucé el vestíbulo, Matteo ya estaba ahí, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—Dime que esto es una broma —soltó, sin siquiera saludar.
—No lo es —respondí, quitándome la chaqueta y colgándola en el perchero.
—¿Me estás diciendo que trajiste a la bailarina y a su amiguita a la casa segura? —su tono subió una octava—. ¿Estás loco? Esto no es un hotel, Kael, es nuestro último recurso.
Caminé hasta l