Danae
La verja automática se cerró detrás de nosotras con un sonido metálico que me puso la piel de gallina. La mansión de Kael no parecía una casa: era una fortaleza. Muros altos, cámaras en cada esquina, luces discretas que bañaban el camino de piedra hasta la puerta principal. Todo estaba diseñado para que nadie pudiera entrar… y, en cierto modo, para que nadie quisiera.
Lana y yo nos seguimos en silencio, mientras Kael avanzaba con pasos firmes hacia la entrada. Tenía esa postura de hombre