El día había amanecido tibio, con un sol amable que se filtraba entre las cortinas del ventanal del comedor. La mansión, aunque inmensa, me resultaba todavía ajena, como si cada rincón me recordara que no pertenecía del todo allí. Pero los niños… ellos lograban que ese hueco en mi pecho se sintiera un poco menos vacío.
—Mamá, mira —Sofía agitó las manos, mostrando un dibujo lleno de colores. Su vocecita aún tenía esa dulzura que derrite cualquier barrera.
La palabra “mamá” seguía pesándome. No