La casa era demasiado grande para el silencio. Cada rincón tenía un eco que me recordaba que, aunque me rodeaban risas y voces, aún había partes de mí vacías. Sin embargo, esos vacíos dolían menos cuando veía a los niños correr por el pasillo, cuando escuchaba el sonido de sus pasos, cuando sus pequeñas manos buscaban las mías con naturalidad.
Lucas estaba en el suelo, concentrado en un rompecabezas de dinosaurios. Sofia, en cambio, me mostraba un dibujo con líneas torcidas y colores vivos.
—¿M