La habitación de Giulio parecía vibrar con la misma tensión que recorría sus cuerpos. Lo que había comenzado con un beso robado en el comedor, ardiente e imprudente, había terminado trasladándose hasta la cama, como si todo el camino entre un punto y otro hubiera sido borrado de su memoria por el deseo. Rebeca apenas recordaba cómo sus pies habían cruzado la alfombra, ni cómo la espalda de Giulio había chocado contra la pared con el ímpetu de sus bocas devorándose. Lo único que existía en su me