Dos días habían transcurrido desde aquella conversación con Dimitri en el restaurante. El peso de sus palabras aún resonaba en la mente de Rebeca, pero también el alivio de haber sido sincera. Dimitri, fiel a lo que había prometido, no volvió a presionarla. La acompañaba, le brindaba su apoyo incondicional, pero ya no había miradas cargadas de expectativas ni silencios incómodos. Su presencia era firme, segura, como un faro al que podía recurrir sin temor.
Rebeca se convencía a sí misma de que