El aire en el cementerio estaba impregnado de ese aroma húmedo que deja la lluvia después de caer. El cielo encapotado parecía acompañar la tristeza que Rebeca había guardado dentro de sí durante siete años, oculta tras un muro de frialdad y desconfianza. Caminó con pasos lentos entre las lápidas, hasta detenerse frente a las tres que siempre había temido visitar.
Allí estaban los nombres que le recordaban la crudeza del destino: su madre, su padre y su hermano Mateo.
Su respiración se volvió e