El humo del cigarro de Giovanni aún flotaba en el aire, impregnando la entrada de la villa con ese aroma denso que mezclaba tabaco y peligro. Giulio lo observaba, de pie frente a él, con el torso aún húmedo bajo la camisa mal abotonada. Los dos hombres se midieron en silencio, como dos depredadores que reconocen en el otro a un igual.
Giovanni fue el primero en romper la calma. Su voz era grave, lenta, cada palabra cuidadosamente medida.
—Escúcheme bien, Romano. —Se inclinó apenas hacia adelant