La cascada seguía rugiendo como un secreto compartido con la selva. El agua caía con fuerza, formando un velo plateado bajo la luz de la luna. Rebeca, aún empapada, se detuvo en medio del remanso, con el cabello pegado a su rostro y la respiración agitada. Sentía el calor del deseo mezclarse con el frío del agua, y la cercanía de Giulio Romano volvía ese contraste aún más peligroso.
Él la observaba desde unos pasos atrás, con el torso desnudo y el pantalón empapado, aferrando la mirada en cada