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Capítulo 2: La Traición Que Lo Definió Todo

Siete días antes. El Desfiladero Helado.

El sabor a hierro y cobre me inundaba el paladar, la nieve virgen del desfiladero era un tapiz dantesco de rojo oscuro, vísceras y vapor caliente que emanaba de los cuerpos recién masacrados.

Mis pulmones ardían con cada inhalación del aire gélido de las montañas. ¿Y la espada en mi mano derecha? Pesaba como si estuviera forjada en plomo. Mi brazo izquierdo colgaba inútil, desgarrado por las garras de uno de los mercenarios del Norte.

Éramos cincuenta cuando entramos al paso angosto. Pero ahora, solo quedábamos dos en pie luchando en la retaguardia: yo, la Guardiana Beta más fuerte de la manada, y Einar, mi Rey, mi Alfa... mi amante secreto.

—¡Son demasiados, Einar! —grité por encima del aullido del viento y el choque de los aceros, decapitando a un lobo enemigo que intentó flanquearlo—. ¡Tienes que sacar a la manada de aquí! ¡Protege los carruajes!

Einar estaba cubierto de sangre, su armadura dorada estaba abollada y su respiración era agitada. A unos cincuenta metros detrás de nosotros, los carruajes reales intentaban avanzar a duras penas por el hielo. En el primero de ellos viajaba Astrid, hija del Duque del Este, era una mujer de noble cuna que la corte le había impuesto a Einar como Luna oficial.

Einar me miró con los mismos ojos dorados que me habían mirado con devoción febril entre las sábanas de su cama secreta noche tras noche, ahora estaban llenos de un pánico frío y calculador.

—La retaguardia caerá si me voy —dijo él, bloqueando el hachazo de un mercenario gigante.

—¡Yo sostendré la línea! —rugí, usando mi cuerpo para embestir a otro enemigo, empalándolo con mi espada—. ¡Vete! ¡Sálvalos!

Él dudó. Sí, dudó. Pero vi la cobardía nacer en el fondo de sus pupilas antes de que la enmascarara con falsa nobleza. Asintió, retrocediendo hacia su montura.

—Resiste, mi luna secreta —gritó Einar, subiendo a su enorme caballo negro—. Sostén la línea, volveré por ti con la Guardia de Élite. ¡Te lo juro por la Diosa, Sigrid, volveré por ti!

Fui la mujer más estúpida y devota de este maldito continente, porque le creí.

Con un aullido de furia, liberé mi forma parcial, dejando que mis garras se alargaran y mis ojos brillaran con la intensidad letal de un Beta de guerra. Me lancé contra la marea de mercenarios, convirtiéndome en un huracán de cuchillas y sangre. Ellos me cortaron las costillas, me perforaron el muslo con una flecha, me aplastaron el hombro con un martillo de guerra, pero no cedí ni un solo centímetro de nieve. Peleé con la fuerza de diez hombres porque cada segundo que yo ganaba era un segundo más de vida para el hombre que amaba. ¿Ya mencioné que fui una estúpida? Sí. Ya quedó claro.

La batalla se alargó, cayeron doce, veinte, treinta. Pero eran demasiados.

El golpe final me llegó por la espalda. Una lanza curva me atravesó el abdomen, justo en medio de las costillas, emergiendo por mi pecho en una explosión de agonía ardiente. El impacto me levantó del suelo y me estrelló de rodillas contra el hielo.

La espada se resbaló de mis dedos entumecidos. Todo se empezó a ver nublado, tosí sangre, un chorro espeso que manchó mi cota de malla.

Los mercenarios restantes se detuvieron, rodeándome en un círculo de muerte. El líder norteño, con el rostro cruzado por cicatrices, se acercó y me arrancó la lanza del cuerpo con un tirón brutal. Como peso muerto, caí de lado, jadeando e intentando mantener los ojos abiertos.

Giré la cabeza hacia el final del desfiladero, esperando ver el estandarte dorado de la Guardia de Élite y esperando ver a Einar cumpliendo su juramento, cabalgando para salvarme del infierno al que me había arrojado.

Pero el desfiladero estaba vacío.

Solo quedaban las marcas de los cascos de su caballo, huyendo velozmente hacia la seguridad de la capital, llevándose a la manada lejos del peligro.

El viento sopló, frío y burlón, y en ese momento supe lo estúpida que había sido. La traición no fue la lanza en mi vientre, sino el eco del silencio.

Él no iba a volver.

Nunca planeó hacerlo.

Yo solo fui el pedazo de carne que arrojó a los lobos para salvar su propia corona.

—Tírenla a la Fosa de los Muertos con el resto de su escoria —ordenó el líder enemigo, escupiendo sobre mi rostro—. Que se pudra en el hielo.

Unas manos ásperas me levantaron por las botas y los hombros. Sentí la ingravidez de la caída, seguida del impacto repugnante contra una montaña de cadáveres, extremidades cercenadas de mis camaradas de ahora y antes, armaduras rotas en el fondo de un barranco oscuro.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el frío comenzaba a apagar mis terminaciones nerviosas.

Iba a morir.

Era un hecho.

Agradecí el frío que sentía, era una manta piadosa que anestesiaba el dolor de mis heridas abiertas. Sentí dolor real cuando mi loba se acurrucó en lo más profundo de mi mente, gimiendo, rindiéndose a la oscuridad. El vínculo de mate en mi cuello se sentía débil, apagado, indiferente.

Me quedé allí durante horas, enterrada bajo el peso de tres soldados muertos, esperando que mi corazón dejara de latir o que, si el frío era más bondadoso, acabara conmigo cuanto antes.

El destino me había aplastado.

Me había dejado claro que mi lugar era ese: ser la sombra de Einar, su sacrificio y su escalón hacia la grandeza. Nada más.

El destino intentó encadenarme a tu sombra, susurró una voz en mi cabeza, no una voz rendida ante su derrota, sino atada a un odio tan puro, tan concentrado, que se sintió como una gota de magma cayendo en el centro de un lago congelado.

De repente, un latido minúsculo, apenas perceptible, vibró en mi vientre.

No era mi corazón, era demasiado rápido y muy, muy diminuto.

Abrí los ojos de golpe y el dolor regresó, aullando a través de mi sistema nervioso como un millón de agujas al rojo vivo, pero ya no me importó. Llevé mi mano derecha, cubierta de sangre y escarcha, hacia mi vientre bajo. Lo sentí de nuevo. No podía negarlo, era una chispa de vida, un cachorro.

Cerré mis ojos con dolor, estaba embarazada de él, del Rey que me acababa de asesinar.

Un instinto animal, antiguo y feroz, reemplazó mi tristeza.

No fue la suerte lo que me salvó esa noche; fue la furia maternal de una loba que se niega a dejar que su cachorro nazca en la muerte. No iba a morir aquí, como un perro desechado en la nieve, y mucho menos iba a permitir que Einar usara mi cadáver como abono para su imperio.

Apreté los dientes hasta que uno de mis caninos se astilló. Apoyé mis manos contra la coraza helada de un cadáver enemigo y empujé. Mis músculos desgarrados gritaron en protesta y mi loba se despertó, animándome. Mis dedos, azules por la congelación y la coagulación constante de sangre, se clavaron en la tierra helada de las paredes de la fosa. Me arrastré, usando las botas y los rostros de los muertos como escalones.

Mis uñas se rompieron, la carne de las yemas de mis dedos se despellejó contra las rocas irregulares, dejando un rastro de sangre en la pendiente, pero seguí subiendo. Lloraba, no de dolor, sino de rabia incandescente que quemaba mis debilidades y calcinaba el estúpido amor que alguna vez sentí.

Las cadenas se fundieron en el fuego de mi renacer, me prometí a mí misma, clavando mi mano en el borde del barranco y tirando de mi cuerpo destrozado hacia la superficie nevada.

Logré salir. Me arrastré sobre el vientre unos cuantos metros, alejándome del olor a muerte, hasta que mis brazos colapsaron. Caí boca abajo sobre la nieve blanca, bajo la luz de una enorme luna llena que me observaba con indiferencia cósmica.

Mi respiración era un estertor agónico. Ahora sí, no podía más, había usado mi última reserva de energía. Sentí que el mundo se volvía negro en los bordes de mi visión.

Fue entonces cuando escuché el crujido de la nieve, unos pasos lentos, deliberados, pesados, seguros.

Vi, entre las endijas de mis ojos, unas botas de cuero negro, adornadas con placas de acero oscuro, se detuvieron frente a mi rostro pegado al suelo. Levanté la mirada a duras penas, enfocando la figura gigantesca que se alzaba sobre mí, bloqueando la luz de la luna.

Llevaba una armadura ligera de cuero negro, y una capa de piel de huargo que ondeaba con el viento helado. Y su rostro era una obra de arte esculpida con violencia; mandíbula cuadrada cubierta por una sombra de barba, labios rectos y crueles.

Pero lo que me heló la sangre no fue su tamaño ni el aura abrumadora de Alfa que irradiaba, ahogando mis sentidos. Era la gruesa tira de cuero negro que cubría sus ojos.

Lo reconocí por eso. Era Haldor. El Alfa ciego de las Leyendas de Sombra. El líder de los proscritos, los desterrados, los "malditos" por la Diosa.

Se puso en cuclillas frente a mí, apoyando un brazo sobre su rodilla, giró su rostro hacia mi posición, inhalando profundamente el aire congelado. No tenía ojos visibles, pero sentí que me estaba diseccionando, desnudando mi alma hasta sus cimientos más sucios con sus ojos que veía tanto que debía cubrirlos.

—Carroña del Sur —su voz fue un murmullo letal, un sonido que vibró en el suelo bajo mi pecho—. Vaya desperdicio. Te estás desangrando rápidamente, pequeña loba. Tus latidos son erráticos y hueles a muerte. —Hizo una pausa, y su cabeza se ladeó ligeramente, como si hubiera escuchado una melodía extraña—. Y hueles a la asquerosa marca del Rey Einar, eres una de sus perras desechadas.

La humillación intentó asfixiarme, pero la rabia fue más rápida.

Deslizando mi mano derecha por debajo de mi propio cuerpo, agarré la hoja rota de una daga que se había quedado clavada en mi cinturón. Con un movimiento desesperado, impulsado por el veneno del rencor, lancé mi brazo hacia adelante.

La punta mellada de la daga se detuvo exactamente a un milímetro de la arteria femoral de Haldor, justo en el hueco sin armadura de su muslo.

Me temblaba todo el cuerpo, mi respiración era un silbido patético, pero sostuve el arma con firmeza.

—Di... una palabra más, Alfa... —escupí junto con un coágulo de sangre—, y te juro por la Diosa... que te enviaré al infierno antes de... antes de irme yo.

Hubo un silencio tenso, pesado, absoluto. El viento pareció detenerse, esperando que el gran monstruo ciego me aplastara el cráneo por mi insolencia.

En lugar de eso, los labios de Haldor se curvaron en una sonrisa lenta, depredadora y fascinada.

No retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia adelante, provocando que la punta de mi daga rasgara levemente la tela de su pantalón, rozando su piel. La proximidad de su rostro al mío desató una ola de calor opresiva, un magnetismo oscuro, peligroso. Su aura chocó contra la mía, intentando doblegarme por puro instinto, exigiéndome sumisión.

Mi loba interior, herida y moribunda, gruñó en respuesta, negándose a mostrar el cuello. Yo no era una Omega, no iba a rogar.

Haldor acercó su rostro hasta que su nariz rozó mi mejilla congelada. Inhaló profundamente de nuevo, rozando sus labios contra mi piel helada en un gesto que fue a la vez una amenaza y una caricia indecente. Me estremecí de pies a cabeza, y no fue por el frío.

—Interesante... —susurró contra mi oído, enviando un escalofrío que me quemó la espina dorsal. calentándome por dentro—. No te sometes a mi presencia, y si huelo más allá de la sangre y la muerte... más allá de la patética marca de ese Rey de pacotilla... —Su mano, grande y callosa, descendió con una precisión escalofriante, deteniéndose justo sobre mi vientre perforado, sin aplicar presión, solo sintiendo—. Tienes la sangre de los Reyes Luna corriendo por tus venas destrozadas. Realmente interesante, una Alfa Pura, dejada aquí para pudrirse.

Mi corazón dio un vuelco, nadie en la corte de Einar sabía de mi linaje. Yo había ocultado mi olor de Alfa Pura bajo hechizos para poder servirle como su Beta, sacrificando todo por él. Pero este hombre, este monstruo que cubría sus ojos, me había leído como a un libro abierto en un par de segundos.

—Y llevas una semilla en el vientre —continuó Haldor, su voz bajando una octava, volviéndose ronca, íntima, peligrosa—. El hijo de mi peor enemigo, latiendo en el vientre de una mujer que tiene el fuego suficiente para clavarme una daga mientras se ahoga en su propia sangre.

Retiró la mano de mi vientre y agarró mi muñeca, la que sostenía el arma. No lo hizo con violencia, pero su agarre era, aunque suave, de acero inamovible. Me obligó a bajar la daga, sus dedos ásperos trazando los nudillos destrozados de mi mano. El contraste entre la letalidad de su presencia y la casi imperceptible suavidad de ese toque me dejó sin aliento ¿Por qué estaba teniendo tanto respeto y cuidado?

—Estás muriendo —declaró con absoluta tranquilidad.

—Déjame morir en paz, entonces —respondí, mirándolo con desafío, intentando ignorar la chispa eléctrica que la fricción de su mano estaba enviando a través de mi brazo.

—No —dijo él, y su sonrisa se ensanchó, mostrando dientes blancos y letales—. No me sirve tu cadáver, reinita de las nieves. Pero sí me sirve tu odio. Así que si quieres vivir para ver a ese bastardo arder, si quieres que ese cachorro tuyo nazca para escupir sobre la tumba de su padre... te ofrezco un trato.

Mi visión se oscurecía. Me quedaban segundos de consciencia.

—¿Qué... trato? —jadeé.

Haldor soltó mi muñeca y, sin previo aviso, deslizó sus brazos bajo mis rodillas y mi espalda, levantándome del hielo como si no pesara más que una pluma negra. El calor que emanaba de su pecho era adictivo en este frío, envolvente, casi asfixiante, y no me importaba. Mi cabeza cayó contra su clavícula, y el olor a pino oscuro, cuero y magia antigua inundó mis sentidos, embriagándome.

—Tú me entregas tu lealtad política, tu linaje y tu mente táctica para recuperar el continente —susurró él, comenzando a caminar hacia la oscuridad del bosque—. Y yo... te daré las herramientas para que le arranques la corona a Einar de la cabeza y lo hagas tragar su propia sangre.

El dolor por fin me venció, arrastrándome a la inconsciencia, pero antes de que la oscuridad me devorara por completo, pensé en la promesa de este extraño Alfa ciego. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, peligroso y seductor, y la fría certeza de mi venganza.

Las cadenas se estaban fundiendo. El renacer había comenzado. El decreto estaba sellado.

Y el hilo rojo... estaba a punto de ser cortado para siempre.

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