Era extraño, aunque sólo tenía dos días aquí, me sentía en casa.
Mis entrañas amaban el silencio en las Cavernas de Ónice, distinto a cualquier otro silencio que hubiera experimentado en mi vida. No era el mutismo sepulcral y helado de la Fosa de los Muertos, ni el silencio tenso y calculador de los pasillos del castillo de Einar. Este era un silencio vivo, vibrante, que latía con el eco de la magia antigua y la respiración de las sombras, pero más especialmente, que me sentía y se comunicaba c