Miré la daga, luego su mano sangrante, y finalmente la venda de cuero que cubría sus ojos. No necesitaba ver sus pupilas para entender la gravedad de este acto. Estábamos a punto de fusionar no solo nuestros recursos militares, sino nuestras esencias mágicas.
Tomé la daga. Con un movimiento rápido y decidido, igualando su ferocidad, corté la palma de mi mano derecha. Mi sangre, de un rojo brillante y cargada con el polvo de estrellas de la magia de los Reyes Luna, se mezcló con la transpiración