Finalmente, soltó mis caderas y se giró hacia los estantes de herramientas de la fragua.
—Bien —dijo, su tono abandonando la sensualidad para volverse gélido, profesional y absolutamente letal—. Si esto es lo que requiere tu renacimiento, mi Reina, entonces yo seré tu fuego. Pero te lo advierto, Sigrid, una vez que el hierro toque tu piel, no habrá marcha atrás. Si te mueves, te destrozarás el músculo. Tendré que sujetarte. Y cuando te sujete, no te soltaré hasta que la marca del traidor no sea