Mundo ficciónIniciar sesiónAbrí los ojos. La luz plateada iluminó el rostro de Haldor. A pesar de estar vendado, él echó la cabeza hacia atrás, inhalando profundamente como si estuviera aspirando la esencia más pura del universo.
—Ahí estás... —murmuró, su voz temblando por primera vez, llena de una reverencia oscura—. Majestuosa. Letal. Una Reina oculta bajo el fango.
Nuestras auras se enredaron en el aire, bailando en una lucha de dominación y atracción. Era un tira y afloja constante. Él empujaba con sus sombras, yo repelía con mi luz lunar, de algún modo la danza era hermosa de ver, ninguno cedía, ninguno retrocedía. La tensión sexual en el ambiente era tan espesa que apenas podía respirar. Era la reacción biológica de dos seres en la cúspide de la cadena alimenticia, reconociendo a su igual.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, rozando la túnica de lino de Haldor. No me había dado cuenta de lo cerca que estábamos hasta ese momento.
—¿Lo sientes? —susurró él, bajando la cabeza hasta que nuestras frentes se tocaron—. Tu disfraz te estaba matando lentamente, Sigrid. Y esa... esa semilla en tu vientre...
Llevó su mano de vuelta a mi abdomen, y esta vez, el calor que irradió fue protector, casi reverencial.
—Tu cachorro es un milagro biológico —explicó, la gravedad de sus palabras rompiendo un poco la tensión química, como si solo yo estuviese afectada por él—. Lleva la sangre ordinaria de su padre, sí. Pero tu vientre lo ha bañado en la magia de la Alfa Pura. Y durante estos tres días, para evitar que murieras desangrada, tuve que inyectarle mi propia magia de Sombra a tu sistema para acelerar la curación.
Mi corazón se detuvo por un segundo. Bajé la mirada hacia su mano descansando sobre mi vientre aún plano.
—¿Qué... qué hiciste? —pregunté, un miedo primitivo asomando en mi voz.
—Salvé sus vidas —respondió él sin inmutarse—. Pero la magia de Sombra no desaparece. Se asimila. Tu hijo, Sigrid... no será un lobo ordinario, ahora lleva la sangre de los Reyes Luna, el reclamo de la corona de Einar, y... lleva un fragmento de mi oscuridad en su código genético. Será un híbrido, un monstruo para algunos y un Dios entre lobos.
El peso de sus palabras cayó sobre mí como un yunque. Mi hijo... el cachorro que concebí en secreto bajo sábanas furtivas con un hombre que me dejó a morir, iba a ser el arma más poderosa del mundo.
El destino intentó encadenarme a tu sombra, pero las cadenas se fundieron en el fuego de mi renacer.
Las palabras del poema resonaron en mi cabeza con una claridad absoluta. Había llorado por Einar, desesperada, había deseado su regreso en la fosa. Pero esa mujer, la Guardiana Beta que amaba a un rey alfa cobarde, murió en la nieve. La que respiraba ahora, la que estaba sentada en la cama del Alfa de los Lobos de Sombra, irradiando luz plateada, era la Soberana de la Venganza.
Miré a Haldor. Sus "ojos" ocultos bajo el cuero parecían escudriñarme, sabía que me veía, a su manera protegida, esperando mi reacción. Esperando debilidad, lágrimas, miedo por el destino de mi hijo.
En su lugar, le ofrecí una sonrisa fría, afilada como el cristal.
—Un híbrido —repetí, saboreando la palabra. Puse mi mano sobre la suya, la que descansaba en mi vientre, y apreté sus dedos—. Entonces me aseguraré de enseñarle a morder en la yugular. Nadie usará a mi cachorro, Haldor. Ni Einar, ni el consejo, ni tú.
Haldor sonrió, una sonrisa genuina y perversa que iluminó la brutalidad de su rostro.
—No esperaba menos de ti, mi Reina de las Sombras. —Giró su mano, entrelazando sus dedos con los míos sobre mi vientre—. El diagnóstico está claro, gracias a que he roto tu autoimpuesta cubierta, ahora tu cuerpo sobrevivirá. Tu magia se está estabilizando, pero la pregunta es otra... ¿qué vas a hacer con la marca que llevas en el cuello?
El ambiente cambió drásticamente. El recordatorio de mi esclavitud rompió el encanto de mi recién descubierto poder. El vínculo palpitó, un latido sucio que me recordaba a Einar huyendo con Astrid en el carruaje mientras yo me desangraba.
—Para reclamar mi corona, para cumplir nuestra alianza, primero debo ser libre —declaré, mi voz dura, carente de cualquier atisbo de la niña que alguna vez fui.
Haldor asintió, soltando mi mano. Se puso de pie, su figura enorme bloqueando la poca luz que llegaba del pasillo de la caverna. Caminó hacia un altar de piedra volcánica en una esquina de la habitación y tomó un objeto envuelto en terciopelo rojo.
Regresó a mi lado y desdobló la tela. En su interior, descansaba una daga. La empuñadura estaba tallada en obsidiana negra, y la hoja era de plata pura, grabada con runas antiguas que brillaban con luz propia.
—Esta daga fue forjada por el primer chamán de mi manada —explicó Haldor, ofreciéndome el arma por la empuñadura—. Su filo está bendecido por la propia Diosa Luna. Puede cortar carne, hueso... y magia. Si de verdad quieres romper el vínculo de mate, si de verdad quieres dejar de ser la perra obediente de Einar... tendrás que cortarlo de raíz. Y el proceso te acercará a la muerte más de lo que estuviste en esa fosa, sin olvidar que un pequeño cachorro depende completamente de tu fuerza en este momento.
Tragué saliva y tomé la daga. El metal estaba frío, pero al entrar en contacto con mi piel, vibró, como si reconociera la sangre de la realeza Luna en mis manos. Pero dudé, y Haldor pareció notarlo.
—No lo haré por ti, Sigrid —continuó Haldor, su tono solemne, casi ritualista—. Esta es tu guerra y tu dolor, algo que solo tú sentirá. Si lo corto yo, seguirás siendo una víctima. Tienes que ser tu propio verdugo para poder ser tu propia salvadora.
Miré la hoja de plata. En el metal pulido, no vi el reflejo de la Beta asustada, ni de la amante rota. Vi a una loba de ojos claros y cabello blanco, a una madre dispuesta a quemar el mundo entero para que su hijo pudiera reinar sobre las cenizas.
Desnuda, me deslicé fuera de las sábanas, ignorando el ardor en mis costillas curadas. Mis pies descalzos tocaron el suelo helado de piedra y mi mente determinada, caminó conmigo hacia el centro de la recámara, donde la luz de las antorchas negras formaba un círculo de sombras danzantes.
Haldor me siguió, silencioso como la muerte misma. Podía sentir su presencia pesada a mi espalda, una tormenta esperando estallar.
—¿Estás lista? —preguntó, su voz apenas un roce gutural en mis oídos.
—Hace cinco años, bajo la luz de la luna, creí que ese hilo rojo era mi destino —murmuré, alzando la daga de plata hacia la tenue luz—. Hoy, la Diosa Luna solo observa en silencio cómo yo... y nadie más que yo, decreto mi propio final.
Las palabras, cargadas de la magia de mi linaje y de la amargura de mi traición, flotaron en el aire, pesadas como el plomo.
Sentí a Haldor detenerse a centímetros de mi espalda. Su aliento rozó mi nuca, y su aura oscura se envolvió alrededor de mi aura plateada, no para someterme, sino para sostenerme ante lo que estaba a punto de hacer.
—Corta el hilo, Loba —susurró él, una orden que sonó como la devoción más oscura del mundo—. Deja caer su corona.
Apreté la empuñadura con ambas manos. Mi loba gruñó una última vez, preparándose para el sacrilegio.
Y sin dudar un segundo más, hundí la plata bendecida directamente en la cicatriz del traidor, dispuesta a desangrarme si eso significaba nacer de nuevo.







