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Capítulo 3: El Diagnóstico de la Sangre y la Sombra

El dolor ya no era un grito agudo, sino un latido sordo, constante y pesado que marcaba el compás de mi nueva realidad.

Desperté inmersa en una oscuridad aterciopelada, pero el frío letal del Desfiladero Helado había desaparecido, reemplazado por un calor denso, embriagador, que olía a resina de pino, mirra quemada y a algo mucho más primitivo: el aroma inconfundible de un depredador Alfa.

Los recuerdos llegaron de golpe, atacando mi mente como una ráfaga de flechas.

Estaba acostada sobre un lecho inmenso cubierto de pieles gruesas y oscuras, el tejido áspero acariciaba mi piel desnuda, y fue entonces cuando me di cuenta de que mi armadura destrozada, mi cota de malla manchada de sangre y mis ropas rasgadas habían desaparecido. Estaba envuelta únicamente en sábanas de lino negro y pieles de huargo.

Intenté moverme, pero no pude. En su lugar, un jadeo agónico escapó de mis labios cuando el fuego en mi abdomen protestó. La herida donde la lanza me había atravesado estaba vendada firmemente, cubierta por una cataplasma que irradiaba un calor mágico y punzante.

El destino intentó encadenarme a tu sombra, murmuró mi mente, aún aletargada, recordando el hielo, la sangre y los cascos del caballo de Einar alejándose. El fantasma de su traición era una herida mucho más profunda que la carne perforada. No había vuelto, era una realidad.

Me obligué a abrir los ojos, parpadeando contra la tenue luz de las antorchas de fuego negro que parpadeaban en las paredes de roca tallada. Estaba en una recámara gigantesca, excavada directamente en el corazón de una montaña que supe reconocer por las leyendas que escuchaba de niña: Las Cavernas de Ónice, este era el bastión inexpugnable de los Lobos de Sombra.

—Tu respiración cambió hace cuatro minutos. Sé que estás despierta, Loba.

La voz de Haldor resonó desde las sombras en la esquina de la habitación, profunda, rasposa y cargada de una vibración que hizo que el vello de mis brazos se erizara. Mi loba interior, que había estado acurrucada y gimiendo en mi subconsciente, levantó la cabeza de golpe, las orejas en alerta, reconociendo al macho que nos había arrancado de las fauces de la muerte y al que ella, renuentemente, también deseaba.

Giré la cabeza hacia la fuente del sonido y lo vi. Haldor emergió de la penumbra, ya no vestía la armadura pesada del bosque, sino una túnica de lino negro desabrochada en el pecho, revelando cicatrices pálidas que cruzaban su piel curtida y músculos esculpidos por la guerra. Quizás estaba demasiado abierta y revelaba demasiada piel.

La gruesa tira de cuero con runas antiguas seguía cubriendo sus ojos, pero la forma en que caminaba hacia mí, esquivando una pesada mesa de roble y una silla tallada con absoluta precisión, dejaba claro que no cubría sus ojos por una "ceguera", era una decisión que alguien que ve más de lo normal, hace. Y esa era su arma.

—Podrías haber anunciado tu presencia —grazné. Mi garganta se sentía como si hubiera tragado cristal molido.

—Es mi fortaleza, mi recámara y mi lecho, Sigrid —respondió con una calma letal, deteniéndose justo al borde de la cama—. No necesito anunciarme en mi propio territorio. Además, tu corazón late tan fuerte que sería imposible no saber exactamente dónde y cómo estás.

Me obligué a sentarme, apoyando la espalda contra el cabecero de piedra tallada y tirando de las pieles oscuras para cubrir mis pechos. El movimiento me costó un gruñido de dolor, pero me negué a mostrar sumisión. Mi orgullo era lo único que me quedaba intacto.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunté, mi voz ganando un poco de firmeza.

—Tres días. —Haldor se sentó en el borde del colchón. El colchón se hundió bajo su inmenso peso, y el calor de su cuerpo irradió hacia el mío, una marea de magnetismo oscuro que mi loba absorbió con avidez inapropiada—. Tres días en los que tu cuerpo ha estado librando una guerra mística y mágica. La magia de la cataplasma cerró la herida de la lanza, pero eso fue lo fácil. Lo más difícil fue evitar que tu propia esencia te matara.

Fruncí el ceño, confundida, aunque el instinto me decía a qué se refería.

—El trato... —murmuré, recordando el juramento en medio de la nieve—. Dijiste que me darías las herramientas para destruir a Einar. Pero si mi esencia me está matando, no te sirvo de mucho.

Haldor inclinó la cabeza hacia mí. Aunque no podía verle los ojos por la venda que los cubría, podía sentir esa "mirada" invisible diseccionándome, sabía que tenía los ojos abiertos, atravesando la barrera de las sábanas, la piel y el hueso, hasta llegar a mi mismísima alma. Levantó una mano grande, de dedos largos y nudillos marcados, y la acercó a mi rostro. Instintivamente, intenté retroceder, pero mi cuerpo estaba rígido.

—No te muevas —ordenó. No fue una petición; fue el mandato de un Alfa que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria.

Su pulgar y su dedo índice rozaron la línea de mi mandíbula. El roce fue electrizante y no tuve fuerzas para resistir. Una chispa física, cruda y violenta estalló en el punto de contacto, enviando una sacudida directa a mi vientre bajo. Solté un jadeo ahogado, mis labios separándose involuntariamente.

—Tensión química —murmuró él, una sonrisa oscura curvando la comisura de sus labios—. Tu loba responde a mí, aunque tu mente esté obsesionada con el idiota que te dejó morir. Interesante dicotomía.

—No estoy obsesionada con él —siseé, clavando mis uñas en las sábanas de lino, intentando ignorar cómo el simple roce de su pulgar en mi mandíbula estaba desarmando mis defensas—. Lo odio.

—El odio es solo amor pudriéndose, reinita —replicó, bajando su mano hacia el vendaje de mi abdomen—. Y mientras él siga ocupando espacio en tu cabeza, eres débil. Pero no estamos aquí para hablar de tu corazón roto, sino para hablar de tu sangre.

Haldor desató el nudo del vendaje con una destreza perturbadora para un hombre con los ojos vendados. Cuando apartó la tela manchada, el aire frío de la caverna golpeó la cicatriz reciente, una línea rosada y tensa justo debajo de mis costillas.

Pero no fue la herida lo que capturó su atención, o mejor dicho, su percepción.

Apoyó la palma completa de su mano sobre mi vientre desnudo. El calor abrasador de su tacto me hizo arquear la espalda levemente. Un gemido traicionero se atoró en mi garganta, deseando que esto fuera más de lo que ya era. No me tocaba con deseo, se trataba de un roce médico, evaluativo, pero la energía que fluía de sus dedos tenía un doble sentido que amenazaba con incinerar mi cordura.

—Aquí está el verdadero problema —susurró, su voz ronca vibrando contra mi piel—. Cuando te encontré en la fosa, sentí algo que no debería existir. El diagnóstico fue rápido, pero mantenerte viva me confirmó la sospecha.

—Explícate, Haldor. No tengo paciencia para acertijos.

Él sonrió, mostrando el filo blanco de sus dientes y unos labios que me invitaban a morderlos.

—Durante años, te disfrazaste y eso es insultante para tu misma grandeza. Te envolviste en un aura patética de Beta. Humillaste tu propia naturaleza, aplastaste tu poder y te encogiste para que Einar, un Alfa mediocre con corona de oro, pudiera sentirse el macho dominante en tu cama y en su ejército.

Sus palabras fueron bofetadas de realidad. Me dolió porque era la pura verdad, yo me había empequeñecido para no eclipsarlo, porque las leyes de su manada no toleraban que una mujer fuera más fuerte que el Rey, y mucho menos su amante secreta.

—Hice lo necesario para sobrevivir en su corte —me defendí, mi tono cargado de veneno.

—Sobrevivir no es reinar —contraatacó Haldor, inclinándose más hacia mí. Su rostro quedó a centímetros del mío, su respiración mezclándose con la mía, y dudé, dudé de beber de sus labios... La tensión entre nosotros era un cable a punto de reventar y Haldor parecía completamente ajeno a lo que me provocaba—. Lo que Einar no sabía, lo que ese imbécil nunca olió porque estaba demasiado ocupado mirando su propio reflejo, es que no eres una Beta, nunca lo fuiste.

Haldor deslizó su mano desde mi vientre hacia arriba, rozando el valle entre mis pechos, hasta detenerse en la base de mi garganta. Su toque era un tira y afloja constante; parecía querer estrangularme y devorarme al mismo tiempo.

—Eres una Alfa Pura —sentenció, y la caverna pareció resonar con el eco de sus palabras—. Eres la última gota de sangre de los Reyes Luna. Tu linaje es más antiguo, más salvaje y mil veces más poderoso que la basura que corre por las venas de Einar.

Mi pecho subía y bajaba erráticamente, dolorosamente inclinándose hacia él. El secreto que había guardado bajo siete llaves mágicas porque mi madre me hizo jurar proteger antes de morir, estaba expuesto.

—Si Einar lo hubiera sabido... —empecé a decir, mi voz temblando por la vulnerabilidad.

—Si Einar lo hubiera sabido, te habría encadenado a una cama y te habría usado como una incubadora real para engendrar cachorros con poder divino —me interrumpió Haldor, su tono destilando asco—. O te habría decapitado públicamente por representar una amenaza a su patético reclamo al trono. De cualquier forma, habrías sido su esclava o su mártir.

—Y ahora estoy en tu cama —escupí, la ironía sabiendo a bilis en mi lengua—. ¿Cuál es la diferencia, Haldor? ¿Tú no planeas usar mi linaje?

Haldor soltó una carcajada ronca, un sonido que era puramente animal. Su mano, aún en mi garganta, se apretó levemente. No para lastimar, sino para recordarme quién tenía el control en esa recámara.

—Oh, Loba, no te confundas. Claro que voy a usar tu linaje —susurró, su aliento acariciando mis labios temblorosos—. Pero a diferencia de tu ex-amante, yo no te quiero de rodillas detrás de mí. Te quiero a mi lado, destrozando gargantas. Tú eres el arma de destrucción masiva que necesito para unificar este continente, y yo soy el único Alfa con el poder suficiente para soportar tu fuego sin quemarme.

Mi loba aulló de excitación ante sus palabras y yo, caliente, estaba respondiendo con mi respiración intensa. El desafío, la promesa de poder, la validación de mi verdadera naturaleza... todo en él era un canto de sirena envuelto en sombras.

—Demuéstralo —le reté, mi barbilla alzándose a pesar de su agarre en mi cuello—. Demuestra que sabes lo que soy y lo que valgo.

Haldor no dudó. Movió su mano hacia la herida abierta en la base de mi cuello, justo donde la infame marca de mate latía como una quemadura envenenada. La marca de Einar, que era el sello de mi esclavitud.

Cuando sus dedos rozaron la cicatriz de los colmillos del traidor, Haldor emitió un gruñido tan salvaje que instintivamente intenté apartarme, pero su otra mano me sujetó por la nuca, anclándome a él.

—Apestas a él —siseó Haldor, su mandíbula tensa—. Apesta sa debilidad, a traición

—Es un vínculo de mate reclamado, maldita sea —gemí, cerrando los ojos por el dolor físico y emocional que me provocaba su tacto brusco sobre la marca—. ¿No puedes simplemente borrarlo con magia?

—No, no puedo —admitió, su voz un susurro oscuro contra la piel sensible de mi cuello—. El hilo rojo solo puede ser cortado por tu propia mano. Decreto mi propio final, ¿recuerdas? Tú misma lo dijiste en tu desesperación. Las cadenas se fundieron en el fuego de tu renacer. Pero lo que sí puedo hacer... es enseñarte qué hay debajo de ese disfraz de Beta que llevas puesto.

Haldor presionó su pulgar con fuerza contra una vena en mi cuello y simultáneamente, liberó una fracción de su propia aura.

Fue como si hubiera abierto las puertas del infierno.

Una oscuridad densa, fría pero electrizante, inundó la habitación, presionando contra mis huesos. El poder de un Alfa Oscuro, de un Señor de las Sombras, exigiendo sumisión absoluta a todo ser vivo en un radio de cien kilómetros.

Cualquier Beta, cualquier Omega, e incluso Alfas normales, habrían caído de rodillas, vomitando sangre por la presión espiritual.

Pero yo no era normal.

Ante el ataque de su presencia dominante, el hechizo de ocultamiento que había mantenido sobre mí durante una década se resquebrajó. Mi loba interior, alimentada por la amenaza y por el extraño vínculo químico que nos conectaba, se liberó de sus cadenas autoimpuestas.

Una luz plateada, líquida y cegadora, estalló desde mis poros. Mi aura chocó contra la de Haldor en una colisión violenta, haciendo que la habitación vibrara. Las antorchas de fuego negro parpadearon erráticamente, luchando contra el resplandor de mi plata.

Sentí cómo mi cabello perdía su color castaño terrenal, volviéndose blanco como la nieve virgen bajo la luna. Mis ojos, aunque cerrados, ardían con el fuego dorado de la realeza. La magia de la Alfa Pura recorrió mis venas como lava, curando las microfracturas de mis huesos, fortaleciendo mis músculos y ahogando el dolor de la lanza.

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