Finalmente, soltó mis caderas y se giró hacia los estantes de herramientas de la fragua.—Bien —dijo, su tono abandonando la sensualidad para volverse gélido, profesional y absolutamente letal—. Si esto es lo que requiere tu renacimiento, mi Reina, entonces yo seré tu fuego. Pero te lo advierto, Sigrid, una vez que el hierro toque tu piel, no habrá marcha atrás. Si te mueves, te destrozarás el músculo. Tendré que sujetarte. Y cuando te sujete, no te soltaré hasta que la marca del traidor no sea más que humo.—No espero menos de ti —asentí, mi corazón martilleando contra mis costillas.Haldor tomó una barra gruesa de hierro negro. La punta era un cuadrado liso, perfecto, sin ningún tipo de marca o relieve. Caminó hacia el centro de la fragua, donde el calor era más intenso, y hundió la punta del hierro directamente en las brasas alimentadas por el magma.El sonido de los fuelles roncando llenó la caverna, avivando las llamas.El calor en la sala se volvió casi insoportable.Mi piel est
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