Mundo ficciónIniciar sesión—¡¡¡¡¡¡AHHHHHHGGGGG!!!!!! —El grito que desgarró mi garganta fue el aullido ancestral de una bestia a la que le están arrancando el alma a tiras.
Cuando la plata bendecida de la daga penetró la piel de mi cuello, justo sobre la cicatriz de la mordida de Einar, el mundo se detuvo y un súbito mareo dominó mi cabeza. No hice un corte limpio, este desastre fue una colisión de magias. La plata pura, forjada bajo el juicio de la Diosa Luna, quemó el lazo invisible que me unía al Rey del Sur con la intensidad de mil soles estallando bajo mi piel.
El dolor era absoluto y ciego, poseía todo mi cuerpo con una furia devastadora. Sentí cómo el "hilo rojo", esa conexión mística que me había obligado a sentir la respiración de Einar, a percibir los ecos de su egoísmo y a desear su presencia incluso cuando mi mente lo repudiaba, se tensaba hasta el límite dentro de mi pecho. Se resistía a morir. La biología del lobo está diseñada para proteger a su pareja, para someterse al vínculo, pero mi voluntad, forjada en la fosa de los cadáveres, era más fuerte que cualquier designio divino incumplido por el lobo que se negó a cuidarme.
El hilo rojo que nos unía lo corté con mi propia mano, rugió mi mente, convirtiendo el poema de mi renacimiento en un mantra de guerra.
Giré la empuñadura de obsidiana, profundizando el corte. Un chorro de sangre caliente, casi negra por la magia corrupta del vínculo roto, brotó de mi cuello, manchando mi piel pálida, mis pechos desnudos y el suelo de piedra helada.
Hubo un chasquido sordo en el aire, como el sonido de un látigo rompiendo la barrera del sonido.
El vínculo se rompió.
La onda expansiva de energía pura me golpeó desde adentro hacia afuera. Mis rodillas cedieron, incapaces de sostener el peso de mi propia liberación. Solté la daga, que cayó tintineando sobre la piedra, y mi cuerpo, temblando en espasmos, se desplomó hacia atrás, arrastrado por el vacío repentino y aterrador que quedó en el lugar donde antes habitaba la presencia de Einar.
Pero no toqué el suelo.
Unos brazos masivos, duros como robles y envueltos en un calor volcánico, me atraparon antes del impacto. Haldor, él había estado allí, a milímetros de mi espalda, esperando exactamente este momento. Me sostuvo contra su pecho ancho, su túnica de lino negro absorbiendo la sangre de mi cuello y la transpiración de mi esfuerzo.
Jadeaba con desesperación, mis pulmones buscando aire en un ambiente que de repente se sentía demasiado vasto, demasiado libre. Seguía temblando incontrolablemente, presa de un shock espiritual.
—Respira, Loba —ordenó Haldor. Su voz era un trueno bajo, vibrando contra mi espina dorsal mientras me acunaba contra él. Su mano grande, áspera y cálida, se posó con firmeza sobre la herida abierta de mi cuello, aplicando presión. No usó magia curativa esta vez; dejó que mi propia sangre de Alfa Pura hiciera el trabajo, reconociendo que esta era una herida que yo debía sanar por mí misma—. Ya está hecho. Eres tuya.
Apreté los ojos, sintiendo cómo las últimas gotas de sumisión abandonaban mi sistema. Las cadenas se fundieron en el fuego de mi renacer. Por primera vez en cinco años, mi mente era solo mía y el eco de Einar había desaparecido por completo, dejando un silencio glorioso, prístino e intocable.
Abrí los ojos y miré hacia arriba, encontrándome con el rostro de Haldor. A pesar de la venda de cuero que cubría sus ojos, la intensidad de su atención sobre mí era tan densa que podía casi saborearla. Su mandíbula, tensa y preocupada, hacía un contraste salvaje con sus fosas nasales dilatadas ligeramente por inhalar el aroma metálico de mi sangre mezclado con la feromona pura y sin adulterar de una Alfa liberada.
—¿Duele mirarme ahora, Señor de las Sombras? —susurré, mi voz ronca, destrozada por los gritos, pero cargada de una altivez que nunca antes me había permitido mostrar. Estaba desnuda, ensangrentada y vulnerable en sus brazos, pero me sentía como un titan.
Haldor tragó fuerte y soltó una exhalación que era mitad suspiro, mitad gruñido. Su pulgar rozó la línea de mi mandíbula, limpiando una gota de sangre descarriada con una lentitud que hizo que mi pulso se acelerara por razones que nada tenían que ver con el dolor.
—Me ciegas, Sigrid —respondió, su voz bajando a un registro ronco que hizo vibrar el aire entre nosotros—. Crees que porque cubro mis ojos no puedo verte, cuano esta venda es un filtro que no sirve para nada contigo. Veo una estrella estallando en medio de mi caverna, con tu luz letal, salvaje... y jodidamente hermosa.
El doble sentido en sus palabras, la forma en que su mano grande sostenía mi cuerpo desnudo contra el suyo, sin un ápice de pudor pero con un respeto devorador, encendió un fuego muy distinto en mi bajo vientre. Mi loba, ya sin las ataduras de un Alfa indigno, ronroneó ante la proximidad de este depredador supremo.
La atracción química era innegable; y se sentía maravillosa la fricción de la oscuridad absoluta chocando contra la luz pura de la luna.
Haldor me levantó en brazos sin el menor esfuerzo, como si mi peso no significara nada, y me llevó de regreso al enorme lecho de pieles. Me depositó con una delicadeza que contrastaba brutalmente con su apariencia de asesino despiadado.
Luego, tomó una piel de huargo negro y la colocó sobre mis hombros, cubriéndome parcialmente, aunque el roce de la piel contra mis pechos sensibles solo sirvió para aumentar la electricidad estática en el ambiente.
Se sentó en el borde de la cama, acercando un recipiente de aseo con agua tibia y un paño de lino limpio que descansaban en la mesa de noche. Sin pedir permiso, comenzó a limpiar la sangre de mi cuello y mi clavícula. Cada toque de sus dedos a través del paño era metódico, firme, pero cargado de una intimidad que amenazaba con derretir mi recién forjada armadura de hielo.
Acababa de romper un vínculo y ya, desesperada e irrevocablemente, quería forjar otro. Estaba enloqueciendo.
—Te cortaste profundo —comentó él, trazando la nueva cicatriz horizontal que cruzaba la antigua marca de mordida. El metal bendecido había cauterizado gran parte del daño mágico, y mi cuerpo Alfa ya estaba cerrando la carne—. Quedará una marca.
—Que quede —repliqué, sosteniendo mi mirada hacia el cuero que cubría sus ojos—. Será mi recordatorio y mi corona de espinas. Más ahora que me negué a ser su sombra, Haldor. Ahora, Einar aprenderá a temer la luz más pura que podrá ver en su vida.
Él sonrió, deteniendo el paño sobre el valle de mis pechos, justo donde latía mi corazón desbocado. Dejó la mano allí un segundo de más. El peso de su palma, el calor de su piel, era una provocación silenciosa a la que mi cuerpo estaba respondiendo descontroladamente. Cerré los ojos para recuperarme, y no entregarme en bandeja. Tenía que ser sensata.
—Hablemos de eso, Loba —dijo él, su tono cambiando, abandonando la solemnidad del ritual para adoptar el filo calculador de un Rey negociando—. Ya no estás encadenada. Ya sabes lo que eres y lo que llevas en el vientre. Un cachorro que será la perdición del Sur y el futuro del Norte. Pero sola, incluso con toda esa luz plateada tuya, no puedes tomar la capital. Necesitas un ejército porque necesitas sombras que se infiltren donde tu luz no puede llegar.
Me acomodé en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero de piedra y permitiendo que la piel de huargo cayera un poco, revelando la curva de mis hombros. No iba a encogerme ante él. Iba a jugar su juego y provocarlo un poco.
—Y tú necesitas una llave, Haldor —respondí, mi voz destilando veneno dulce—. Eres poderoso, el infame terror de las leyendas. Pero las manadas "puras" del continente, los nobles que sostienen la economía y los tratados, nunca se arrodillarán ante un Alfa Oscuro proscrito. Te ven como un hereje de la Diosa Luna, aunque debo admitir que todos te temen, sí, pero el miedo no construye imperios duraderos; solo provoca rebeliones constantes.
Haldor inclinó la cabeza, escuchando atentamente. Sus labios se curvaron en una sonrisa depredadora, apreciando mi mente estratégica tanto como apreciaba mi aura.
—Continúa —me instó, su voz un ronroneo bajo.
—Pero si el Rey de las Sombras marcha al lado de la última Alfa Pura de los Reyes Luna... —Dejé la frase en el aire, saboreando el peso político de mi propia existencia, sabiendo que a pesar de la venda, podía ver cada movimiento que hacía, lentamente toqué el surco en medio de mis pechos—. Si te alías con la sangre más sagrada que conoce este mundo, los clanes se verán obligados a doblar la rodilla, no por miedo a tus sombras, sino por devoción a mi linaje. Soy la legitimidad que te falta para tomar el continente entero.
Haldor, que había inclinado la cabeza, siguiendo mi mano atravesar mi pecho, soltó una carcajada ronca, genuina y oscura, que rebotó en las paredes de la caverna. Tiró el paño manchado de sangre en la jofaina y se inclinó hacia mí, apoyando ambas manos a los lados de mis caderas, atrapándome entre su cuerpo y el cabecero de la cama.
El espacio entre nosotros desapareció. Su pecho amplio, marcado por cicatrices, estaba a escasos centímetros de mi rostro. Estaba afectado, finalmente podía oler el almizcle de su excitación, la adrenalina pura de un Alfa que ha encontrado a su igual en la mesa de ajedrez.
—Eres tan letal con las palabras como con esa espada rota que me pusiste en el cuello —susurró, su aliento acariciando mis labios—. Tienes razón, Sigrid. Podría masacrar a Einar mañana mismo, pero su corona no tendría valor para mí. Sería un usurpador. Pero contigo a mi lado, seré el libertador que restauró a la verdadera Reina.
Levanté la barbilla, negándome a retroceder a pesar de que cada nervio de mi cuerpo gritaba ante su proximidad. Mi loba aullaba, deseando cerrar la distancia, deseando morder el labio inferior de Haldor para probar si su sabor era tan embriagador como su olor.
—No te confundas, Alfa de las Sombras—le advertí, mi voz un susurro cargado de electricidad—. No seré tu mascota política. No me arrastraré detrás de ti en los consejos de guerra, ni seré un trofeo que exhibas para legitimar tu violencia. Si vamos a hacer esto, si vamos a destrozar a Einar y reclamar lo que es mío, lo haremos como iguales.
—Nunca he querido una mascota, Loba —gruñó él, acercando su rostro hasta que la áspera textura de su barba rozó mi mejilla izquierda. El contacto envió una descarga eléctrica directa a mi entrepierna, pero me mordí el interior de la mejilla para no gemir—. Las mascotas aburren y yo quiero un monstruo a mi lado. Quiero a la mujer que se cortó el cuello para ser libre. Quiero a la madre que está dispuesta a incendiar el mundo para mantener a su cachorro caliente. Desde que te vi en la nieve, supe que te quería a ti.
La tensión emocional era sofocante, densa como el mercurio. No estábamos hablando solo de guerra y tropas; estábamos hablando de nosotros. De la dinámica de dominación y sumisión que flotaba entre los dos, amenazando con consumarnos si bajábamos la guardia un solo segundo.
—Poder por estrategia —propuse, mi voz temblando apenas una fracción ante el roce de su barba contra mi cuello sensible, justo por encima de mi nueva cicatriz.
—Sombras por luz —respondió él, su aliento caliente sobre mi piel.
—Me darás tus tropas, tu influencia entre los desterrados y tu protección mágica para mi hijo hasta que nazca —exigí, trazando con un dedo tembloroso la línea de su clavícula, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la túnica—. A cambio, planearé la caída de Einar desde adentro. Lo despojaremos de sus aliados, destruiremos su economía y, cuando esté de rodillas suplicando piedad, le mostraré el rostro de la mujer a la que dejó morir.
Haldor capturó mi mano antes de que pudiera retirar el dedo de su clavícula. Su agarre era firme, posesivo, pero no doloroso. Entrelazó sus dedos con los míos, levantando mi mano hasta la altura de nuestros rostros.
—Me parece un trato justo, mi Soberana —murmuró, su pulgar acariciando el dorso de mi mano—. Pero las palabras se las lleva el viento, y los juramentos a la luna a menudo terminan en fosas de cadáveres, como bien sabes. Los Lobos de Sombra no firmamos tratados en papel. Los sellamos en sangre y magia.
Soltó mi mano por un instante y alcanzó la daga de obsidiana y plata que yacía en el suelo. Sin dudarlo un segundo, deslizó el filo plateado por la palma de su enorme mano izquierda. Un corte profundo, limpio. La sangre de un Alfa Oscuro brotó de inmediato, densa, casi negra a la luz de las antorchas, irradiando un poder mágico que hizo que el aire de la habitación se volviera pesado y difícil de respirar.
Me ofreció la empuñadura de la daga. No había presión, pero sí una exigencia absoluta, este era el punto de no retorno.







