Pesado y triunfante.
MILA.
Él se puso en pie, con una calma exasperante. Caminó hacia mí con esa elegancia letal que, le daba un aire fantasmal y dominante.
—Darte placer, por supuesto —respondió con un cinismo que me enfriaba la sangre.
Al llegar a mi lado, se apoderó de mis labios nuevamente, sepultando mi protesta bajo la urgencia de su boca. No le importó mi resistencia; sus manos se deslizaron con una familiaridad posesiva por el interior de mi bata, reclamando de nuevo el territorio que acababa de marca