Mila.
La seriedad absoluta con la que pronunció esas palabras me produjo un escalofrío que me recorrió la espina dorsal.
Me alejé de él instintivamente, sintiendo la conocida y atrayente sensación de su cercanía. Siendo honesta, también sentí una pequeña satisfacción al escuchar su maldita y tentadora respuesta. Su sonrisa, satisfecha, parecía saborear mi reacción.
Aun así, tenía que meterme en el papel; ahora mismo, justo ahora, soy Katya. Esa es mi carta para mantenerlo a raya. Y sobre todo, porque tiene que pagar la humillación a la que me sometió.
—¿Qué sentirá Fabricio al escuchar a su hermano decir que le gusta el sabor de la que era su mujer? Eres repugnante —le lancé una mirada de desaprobación, cargada de resentimiento.
Su sonrisa desapareció en ese instante. Apretó su fina mandíbula. Esquivó mi mirada mientras sus gruesas y tupidas cejas negras se unieron, marcando su clara molestia.
Sentí un escalofrío de triunfo al ver ese fugaz gesto de remordimiento. Apenas duró unos seg