MILA.
El trayecto de vuelta fue una tortura de silencio denso. Su mirada no dejaba de quemarme la piel, constante y posesiva, haciéndome sentir como una pieza de ajedrez movida sin mi consentimiento. Era una humillación que le pertenecía a Katya, pero yo estaba obligada a vivirla.
En cuanto el motor se detuvo, bajé del coche antes de que Lucio pudiera reaccionar. Mis pasos eran erráticos, impulsados por una furia ciega. No sabía qué me quemaba más: si la revelación de que Katya no era más