MILA.
El trayecto de vuelta fue una tortura de silencio denso. Su mirada no dejaba de quemarme la piel, constante y posesiva, haciéndome sentir como una pieza de ajedrez movida sin mi consentimiento. Era una humillación que le pertenecía a Katya, pero yo estaba obligada a vivirla.
En cuanto el motor se detuvo, bajé del coche antes de que Lucio pudiera reaccionar. Mis pasos eran erráticos, impulsados por una furia ciega. No sabía qué me quemaba más: si la revelación de que Katya no era más que un títere en esta farsa, los sutiles coqueteos entre Lucio y Catalina, o el hecho imperdonable de que mis propios instintos me traicionaran cada vez que él estaba cerca.
Crucé el vestíbulo de la mansión y llegué a mi habitación, pero antes de que pudiera cerrar la puerta una mano enguantada bloqueó el marco.
—Me gustaría saber por qué diablos estás molesta —espetó. Su figura imperturbable, sostuvo la puerta con la facilidad de quien domina todo lo que toca.
—Casi matas a un hombre a go