Sandro y un ascenso.
MILA.
La amargura me caló hasta los huesos, un recordatorio de que, sin importar lo amables que fueran conmigo, ellos seguían siendo mis carceleros. Su amabilidad era una moneda de doble cara: si no acataba sus órdenes, el precio lo pagaría mi familia.
—Gracias —respondí con una sonrisa forzada, intentando que el miedo no se filtrara en mi voz—. A mi sobrina le va a encantar.
En cuanto terminé de organizar los regalos, el capitán tomo la primer maleta y salió de la habitación sin decir palabra.
—Las llevaremos al auto, no te demores —añadió Tony, cargando la maleta restante.
Me quedé a solas y comencé a guardar la ropa que había descartado. Al intentar cerrar el armario, noté que mi ropa apenas cabía en el hueco que hice entre la opulenta ropa de Fabricio. Su guardarropa parecía infinito: hileras de trajes perfectos y camisas de seda que, inevitablemente, me recordaban a Lucio. Tenían el mismo estilo impecable. Debo admitir que Fabricio poseía un magnetismo propio; ambos