Sandro y un ascenso.
MILA.
La amargura me caló hasta los huesos, un recordatorio de que, sin importar lo amables que fueran conmigo, ellos seguían siendo mis carceleros. Su amabilidad era una moneda de doble cara: si no acataba sus órdenes, el precio lo pagaría mi familia.
—Gracias —respondí con una sonrisa forzada, intentando que el miedo no se filtrara en mi voz—. A mi sobrina le va a encantar.
En cuanto terminé de organizar los regalos, el capitán tomo la primer maleta y salió de la habitación sin decir