La mejor de las perdedoras.
Terminé de empacar con una urgencia que me quemaba las manos. Cuando mi teléfono vibró sobre la colcha, el corazón me dio un vuelco; esperaba que fuera el Capitán con alguna noticia sobre Sandro. Pero la paz que había logrado reunir se me escurrió entre los dedos al leer el nombre en la pantalla.
Lucio.
Abrí el mensaje con un nudo en la garganta.
«Volveré en un par de días. Te sugiero que no salgas de la mansión».
—¡Eres un maldito controlador! —le grité a la pantalla vacía antes de arr