Dos mitades de mi vida.
MILA.
En cuanto el auto se detuvo en la mansión, subí a mi habitación sin mirar atrás. Me despojé del vestido de seda que me hacía sentir poderosa y sucia a la vez, buscando desesperadamente la tranquilidad que Lucio me había arrebatado. Pasé el resto de la tarde encerrada, torturándome con su imagen y recriminándome por el fuego que encendía en mi pecho. Mi lógica dictaba odio, pero mi corazón se negaba a procesar sus órdenes.
Al caer la noche, un mensaje rompió mi letargo: «Te veo en el