Lo último que vimos de él fue su figura desapareciendo tras las puertas del ascensor, con el teléfono pegado a la oreja. Lucio echaba chispas, pero yo estaba en llamas. La humillación de ser abandonada por una llamada de "ella" me recorría las venas como un veneno.
—Andando —ordenó Tony con ese tono seco y autoritario.
—Debo ir al baño —respondí, ignorando su orden y caminando en dirección opuesta.
Sentí sus pasos pesados tras de mí, escoltándome hasta la entrada. Una vez dentro, el silen