Lyra quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas, mientras la misteriosa sirvienta continuaba lavándole el cabello con movimientos lentos, casi rituales.
Lo sabía muy bien: en su vida pasada había convivido con todos los criados del palacio del alfa.
Nunca, ni una sola vez, había visto aquella cara.
La presión en su nuca no era violenta, pero sí demasiado segura, como si la mujer supiera exactamente dónde presionar para mantenerla calmada… o indefensa. Toda su piel se erizó.
Podía gritar.
Podía llamar a Lucian.
Un solo sonido, y él irrumpiría con la espada desenvainada.
Pero no lo hizo.
Había algo en los ojos verdes de la sirvienta. Algo antiguo, algo que la obligaba a quedarse quieta y escuchar. Como si una fuerza más profunda —la marca en su brazo, la sangre, la magia— la sujetara al borde de un destino inevitable.
La sirvienta bajó la voz hasta volverla un susurro tembloroso:
—Hace un siglo, Ronan irrumpió en mi pueblo buscando algo… el corazón de la luna. Una joya anti