Selira se limpió la cara con el dorso de la mano.
El gesto era torpe, casi infantil, como si intentara borrar no solo las lágrimas, sino todo lo que había sido.
—Tuve que escapar por una alcantarilla —confesó, con la voz ronca—.
Mis antiguos acólitos… me estaban cazando.
Intenté… intenté usar el humo dorado para someterlos de nuevo… pero no funcionó.
Kaelthar murmuró, con un tono que era mitad sorpresa, mitad confirmación:
—Igual que con Ronan.
Selira lo escuchó, pero no dijo nada.
No tenía fue