La mujer seguía de pie con dificultad, apoyada en el hombre que había corrido a socorrerla.
Él, sin embargo, no apartaba la mirada de Lyra.
Sus ojos ardían.
—¿Qué le hiciste, maldita bruja? —escupió, con la voz quebrada entre miedo y furia—.
¡¿Qué le hiciste?!
Lyra no respondió.
Ni siquiera lo miró.
Su atención seguía fija en la mujer… y en el pequeño espíritu lobo que ahora se enroscaba alrededor de sus piernas como un cachorro protector, vibrando con una energía nueva, pura, casi sagrada.
La