Mundo ficciónIniciar sesiónEs doloroso cuando tu novio te engaña, pero ¿Qué pasa si la otra es tu propia madre? Isabel tenía la vida resuelta, una madre a todo dar, un prometido perfecto, amigas y mucho éxito en cada ámbito de su vida. Pero un día, al volver al departamento que compartía con el hombre que amaba, se encontró lo inimaginable: su madre y su prometido liados. No contentos con la traición, ambos la humillan hasta destrozarla por completo… Pero esa misma noche, lluviosa y llena de agonía para Isabel, llega un hombre desconocido que no solo la salva de un accidente, sino que la reclama como suya. Ella es incapaz de creer que él es un hombre lobo y él no sabe comportarse más que como un salvaje. ¿Acaso podrán vivir eso que el destino preparó para ellos? ¿Las cosas serán tan fáciles como las pintan?
Leer másEl cielo estaba despejado, como si el universo mismo hubiera esperado este día para vestirse de gala. Las nubes se habían retirado, dejando un lienzo de azul limpio, coronado por el sol, que parecía sonreír desde lo alto, tibio, dorado y sereno. La ceremonia se celebraba sobre un antiguo claro sagrado, donde los árboles centenarios formaban un círculo natural, como testigos milenarios de cada unión verdadera. Las ramas altas se entrelazaban como brazos protectores, cubiertas de flores blancas y rosadas que caían como lluvia cuando el viento las acariciaba. Las piedras que bordeaban el lugar estaban cubiertas de musgo, pero también de antiguos grabados rúnicos que centelleaban con una luz suave, activados por la magia ancestral de ese momento sagrado. Los invitados se acomodaban entre raíces naturales, troncos tallados y cojines de tela rústica. Había humanos, brujos, vampiros y lycans. Todos en armonía. Todos con los ojos brillando de emoción. La brisa era cálida, como una caricia
El tiempo pareció congelarse.El silencio se volvió absoluto, un vacío inmenso donde ni siquiera los ecos del corazón se atrevían a latir. Lucía tenía el alma suspendida entre dos abismos. El aire era pesado, saturado de tensiones invisibles, y su respiración se volvió un murmullo contenido entre los labios secos.Allí estaba él. Henrry. Arrodillado, sangrando, encadenado por hechizos tan antiguos como el miedo, tan crueles como las cadenas invisibles que atan a los que han sido traicionados por el destino, pero él no gritaba, no suplicaba y no movía un músculo, más que los ojos. Esos ojos fijos en ella.Era una mirada desnuda, sin defensa, sin arrogancia y sin expectativas. Solo amor.Un amor tan crudo, tan genuino, tan devastador, que Lucía sintió cómo todo el dolor de su alma, su fragmentada existencia, sus dudas, su rabia, se disolvía lentamente como ceniza en el viento.“Él no me ata”. El pensamiento la golpeó como un trueno silencioso.“Henrry no me ata… me libera”. Y entonces l
Había pasado una semana desde la última emboscada.Siete días de camino por senderos ocultos, túneles antiguos y bosques que parecían tener voluntad propia. Cada hoja, cada raíz, cada rama parecía susurrar secretos olvidados y advertencias en lenguas arcanas. Las criaturas del bosque los observaban desde las sombras, y aunque algunas parecían protegerlos, otras tan solo esperaban el momento adecuado para atacar.Los brujos oscuros, desesperados por no poder rastrear a Lucía con la facilidad de antes, habían lanzado ataques sin estrategia, guiados solo por el miedo de perderla porque la estaban perdiendo.Cada paso que Lucía daba junto a Henrry, Ares y Nyssara era un paso más lejos del hechizo que antes la dominaba y lo sabían.Henrry lo sentía, aunque no decía mucho, y su mirada no se apartaba de ella. Observaba cada movimiento, cada gesto, como si temiera que en cualquier momento Lucía volviera a desvanecerse en aquella oscuridad que una vez la reclamó, pero ella no lo hacía. Al cont
El amanecer acariciaba las colinas con una tímida neblina plateada, como si el cielo también quisiera guardar silencio ante lo que acababa de sellarse. La bruma flotaba entre los árboles como un manto sagrado, un velo entre el mundo espiritual y el físico, como si incluso la naturaleza comprendiera que algo profundo había cambiado. Lucía respiraba agitada, con el cuerpo aún tembloroso y el alma vibrando en una frecuencia que jamás había experimentado. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el cielo, que clareaba poco a poco sobre sus cabezas. No había dormido, no podía y no porque la mordida de Henrry la hubiera debilitado, aunque sí lo había hecho, robándole parte de su energía vital durante unos minutos eternos, sino porque por primera vez en su vida sentía en su carne, en su sangre, lo que era estar conectada con otro ser de forma absoluta. Lo sentía en su médula, en sus pensamientos, en sus emociones. No era solo un lazo físico, era una imprimación del alma. Cada emoción de Henrry
El castillo se estremecía con los preparativos. Los pasillos eran un ir y venir de guerreros, magas y ancianos custodios que se inclinaban sobre antiguos mapas, murmurando cánticos de protección, afilando armas o preparando los portales que los llevarían más allá de los límites seguros. Las velas encendidas iluminaban los muros con una luz temblorosa, como si el castillo mismo presintiera el peligro al que se enfrentaban. Henrry, Lucía, Ares y Nyssara partían al amanecer hacia los territorios oscuros donde, según antiguos rastros mágicos, se escondían los brujos responsables del hechizo que casi destruyó a Lucía. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Isabel, inquieta, se acercó al grupo justo cuando los portales de transporte comenzaban a brillar con tonos violáceos, como bocas abiertas a lo desconocido. —Yo también quiero ir. —Exigió con firmeza, cruzando los brazos sobre su pecho. —No pienso quedarme de brazos cruzados mientras ustedes se arriesgan. Lucía es mi amiga. Esta
Había pasado una semana desde que Lucía despertó. Una semana desde que abrió los ojos en esa habitación llena de aromas a incienso, con el rostro de Henrry mirándola como si acabara de volver de la muerte… porque eso era exactamente lo que había hecho. Regresó del abismo. Recordaba su nombre, su historia, y los ojos grises del hombre que la había amado, incluso cuando ella no sabía quién era, pero recordar no significaba sanar. No del todo. A veces, en medio de una conversación, su voz cambiaba sutilmente y su mirada se volvía filosa o una sombra invisible se posaba sobre ella, robándole el aliento. Las cicatrices no eran solo físicas. El hechizo aún estaba allí. Oscuro, persistente, aguardando como un parásito en su interior. Un huésped no invitado que no quería irse. —¿Te duele? —Preguntó Henrry en voz baja mientras la ayudaba a sentarse, después de un nuevo ataque de desorientación. La habitación aún olía a sangre y magia antigua. Lucía apretó los dientes. No le gustaba mostr
Último capítulo