Ares miró a la mujer frente a él con una seriedad que le puso los vellos de punta. Isabel no sabía si parpadear, pasar saliva o cerrar los ojos para que su penetrante mirada no la intimidara más.
―Solo fui al lago. ―Susurró torpemente. ―Lo prometo. ―Que le tuviera miedo lo enfureció más.
―No puedes estar sola. ―Gruñó con dientes apretados. ―Te lo he dejado claro un millón de veces. ―Se pasó la mano por su cabello y resopló hasta volverse loco.
Las cosas estaban demasiado tensas entre ellos y