El cielo estaba despejado, como si el universo mismo hubiera esperado este día para vestirse de gala. Las nubes se habían retirado, dejando un lienzo de azul limpio, coronado por el sol, que parecía sonreír desde lo alto, tibio, dorado y sereno.
La ceremonia se celebraba sobre un antiguo claro sagrado, donde los árboles centenarios formaban un círculo natural, como testigos milenarios de cada unión verdadera. Las ramas altas se entrelazaban como brazos protectores, cubiertas de flores blancas