La brisa marina traía consigo un murmullo de olas que rompían contra los acantilados negros. Kaeli bajó del navío y clavó sus botas en la arena volcánica mientras sus lobeznos humanos se agrupaban tras ella. Daryan le ofreció su mano, aún en forma lupina, y la ayudó a mantenerse firme.
—Llegamos a la Isla de los Ecos Rotos —dijo Kaeli, apartando un mechón de cabello de su frente—. ¿Lo sientes, Luna? Aquí las voces del pasado se alimentan del silencio.
Daryan ladeó la cabeza y olió el viento.
—L